sábado, 19 de julio de 2014

La difícil individualidad

Asumamos que los individuos nacemos libres y condicionados por el medio en que nos desenvolvemos, que no existe la individualidad sin la colectividad, ni esta sin aquella, y que cada una está condiciona por la otra. Pero ¿en que medida nuestra individualidad esta sometida al pensamiento colectivo? Ciertamente los individuos no somos iguales, como tampoco lo son las sociedades que han aparecido y desaparecido desde los orígenes de la humanidad, ni siquiera aquellas que conviven en un mismo periodo histórico. En el transcurso de los tiempos la mayor parte de las sociedades han estado determinadas por factores de dominación de colectivos minoritarios sobre aquellos que conforman la mayoría social, y las formas de gobierno se han caracterizado por la anulación de la individualidad o su sustitución por la individualidad colectiva, el sentimiento común de pertenencia a un grupo social.

El pensamiento individual ha sido sometido, la mayor parte de las veces, por la fuerza de los hechos, es decir por la propia composición de la sociedad entre personas libres y esclavas en un primer nivel y entre dirigentes y súbditos. Las ideas propias disonantes con el pensamiento dominante han sido perseguidas hasta la llegada de los regimenes democráticos que han tolerado, de alguna forma, la discrepancia ideológica y religiosa. No obstante han persistido y persisten, en las sociedades democráticas y abiertas, un pensamiento colectivo que impide o dificulta el desarrollo del pensamiento individual y, que en ocasiones y de manera sutil, es impuesto a través de los modelos educativos y familiares.

La perdida de la individualidad es la consecuencia de la persistencia de los modelos continuistas, de los modos de pensamiento colectivo establecidos por las corrientes de pensamiento del momento histórico. En las centurias que conforman el largo periodo de las edades Media y Moderna el pensamiento individual estuvo sometido a los principios establecidos por los fundamentalismos religiosos cristianos, judíos y musulmanes, sin que el paso del tiempo haya liberado a la persona de tales dependencias, como puede comprobarse en la mayoría de las naciones del ámbito del Islam en donde imperan los estados no laicos (algunos claramente teístas) o en ciertos grupos del área occidental cristiana que ejercen una presión ideológica sobre sus componentes que condicionan su desarrollo personal. Aunque no son las creencias religiosas en exclusiva las que someten a la persona a la perdida de su individualidad, en nuestro actual mundo occidental el poder civil dominante, auxiliado por los medios de comunicación de masas, establecen nuevas formas de pensamiento que muchos individuos tratan de entender, asumir y justificar aunque no favorezcan e incluso sean contrarios a sus propios intereses.

La persistencia de los modelos establecidos, el no cuestionamiento de los mismos, permite la asunción como pensamiento individual de aquello que no es sino pensamiento colectivo, fruto de la costumbre, de la enseñanza recibida, del entorno familiar y social y de la influencia de los medios de comunicación en la generación de los estados de opinión. La sutileza de esta conjunción (de intereses) hace difícil determinar si la anulación de la individualidad supone un atentado contra los derechos individuales de las personas. Lo que hoy se viene a considerar como violencia de género, permisible en las sociedades patriarcales, es posible diferenciarla como tal gracias al nuevo papel que desempeña la mujer en las sociedades modernas y abiertas y gracias a ello legislar en consecuencia, de la misma forma que éstas mismas sociedades aceptan la homosexualidad (todavía considerada como una aberración y consiguientemente como un delito en algunos países, como lo estuvo en España durante la dictadura franquista) como condición sexual reconocida con todos los derechos gracias a la lucha llevada a cabo por los colectivos de gays y lesbianas. Sin embargo, en estas mismas sociedades, aunque están claramente diferenciados los derechos del menor recogidos en La Convención sobre los Derechos del Niño (éste debe criarse en un entorno familiar de tolerancia, libertad, igualdad y solidaridad, y debe ser protegido contra todo tipo de discriminación; los menores de edad tienen derecho a la libertad de expresión, de pensamiento, de conciencia y de religión) se dan circunstancias en las que estos derechos no son respetados, de tal forma que es aquí, justo en el momento en que la persona va formando su personalidad, cuando su propia individualidad esta siendo condicionada por una educación familiar y escolar llena de prejuicios morales y religiosos y fundamentada en unas creencias integristas y exclusivas.


Para situarnos en el contexto español, nuestra Constitución establece en su articulo  27 que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales” mientras que añade a continuación: “los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que este de acuerdo con sus propias convicciones”, lo que además de suponer una contradicción entre ambos derechos, en aquellos entornos cerrados y sectarios en los que la preponderancia del segundo anula al primero de los derechos, queda el niño condicionado a recibir el pensamiento de sus progenitores o tutores, lo que supone una merma a su propia individualidad. Por su parte la ley de protección del menor establece que “los padres y tutores velaran porque la información que reciban sea veraz, plural y respetuosa con los principios constitucionales”, para añadir más tarde que “los niños tienen derecho a la libertad ideológica, de conciencia y religiosa”. Quizás sea hora de hacer que se cumplan estos derechos. De ello quizás dependa el futuro de nuestra sociedad, una sociedad de personas libres y por ello más justas y solidarias.

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