viernes, 11 de abril de 2014

El hecho religioso (Parte I)

Después de dos mil años de cristianismo y mil cuatrocientos de islamismo se han derrumbado los pilares en los que se basaban las religiones, sin embargo no parece haberlas afectado sino levemente ante su extraordinaria capacidad para superar las situaciones más conflictivas y los obstáculos mas embarazosos. Durante ese periodo de tiempo el planeta Tierra ha ido aumentando su población hasta alcanzar y superar la cifra de 7.000 millones de habitantes. Aunque las cifras son difíciles de precisar, se estima que más de 2.200 millones son de confesión cristiana mientras que el número de musulmanes supera los 1.500 millones, cifra similar al de religiosos hindúes, budistas y resto de religiones de China, India y países limítrofes. El resto correspondería a las religiones minoritarias, pseudoreligiones y a los no creyentes (en torno a 900 millones).

Así pues la mayoría de la población mundial profesa algún tipo de religión y las dos grandes religiones monoteístas poseen un mercado que alcanza a la mitad de ésa población, aunque conviene reconocer que no todos asumen el hecho religioso de la misma manera y con la misma intensidad.

Las religiones se han fundamentado en una visión del Cosmos, de la materia, de la vida e incluso de la moral derivadas de las llamadas escrituras sagradas, aquellas que constituyen el Antiguo Testamento y dieron origen al judaísmo y a las otras dos religiones monoteístas, y de las mas recientes, Nuevo Testamento y Coran, que dicen recoger las enseñanzas de sus maestros, Jesús y Mahoma, remodeladas con las aportaciones de los llamados padres de la Iglesia en el caso del cristianismo. Pero esta visión mitológica transmitida de forma oral y escrita, reinterpretada en ocasiones, mantenida en otras, y usada en todo caso para el mantenimiento del temor y la preparación para una vida ulterior,  ha sido superada hasta extremos de hacer caer en el ridículo a estas creencias todavía persistentes en gran parte de la población. Ni la Tierra es el centro del Universo, ni lo es nuestro Sol, ni siquiera la galaxia a la que pertenecemos; ni el mundo fue creado en la forma que relata el primer libro sagrado (Génesis) ni es posible sostener la existencia de esos espacios celestiales o infernales (de los que el purgatorio es una especie de antesala), ni de sus habitantes de procedencia angelical o satánica, porque no es sostenible la existencia de una vida después de la muerte; salvo que demos por real lo que corresponde al pensamiento mágico o no racional.

El conocimiento de la realidad a través de la observación, de la experimentación, del análisis comparativo, del método científico, ha supuesto el mayor revés para los intereses de las religiones porque significa el desenmascaramiento de sus falsos fundamentos. La ciencia ha permitido desentrañar la composición de la materia, la estructura de la célula y con ello las secuencias genéticas que dan consistencia a las características hereditarias de los seres vivos, y en su continua evolución esta dando origen a nuevas disciplinas que nos traerán nuevos descubrimientos en áreas inexploradas hasta ahora. La medicina consiguió romper la barrera impuesta por las religiones al estudio del cuerpo humano, permitiendo hacer frente a las epidemias (castigo divino, según sostenían quienes se oponían al desarrollo científico) y continua su evolución, en combinación con otras disciplinas, hacia la reproducción de tejidos, órganos y la propia vida. Absolutamente nada que ver con las verdades supuestamente reveladas por la divinidad, de forma que la ciencia se convierte en el máximo oponente de las creencias religiosas.

El desarrollo y avance del conocimiento científico y sus múltiples aplicaciones tienen un reflejo notabilísimo en la cultura científica y tecnológica y en el pensamiento individual y colectivo, haciendo mella en las formas de conducta y por consiguiente en la moral establecida por mucho que las religiones o, mejor dicho, los lideres religiosos se empeñan en ignorar, en su interés por mantener cautiva la capacidad librepensadora de los seres humanos. Aunque la tecnología es prácticamente universal no lo es el conocimiento científico, circunstancia que aprovechan los líderes religiosos para dirigir su mensaje continuista y retrogrado. Es en este contexto de incultura científica y de rechazo al hecho científico donde tiene consistencia (aunque insustancial) la naturaleza divina de la hostia consagrada, las virtudes divinas de un ser humano como Jesucristo, la virginidad de su madre, la coexistencia de tres divinidades en una y otras tantas creencias que inspiran la fe de los católicos; así como las rogativas individuales o colectivas (propias de sociedades primitivas) que pretenden conseguir favores de imágenes de madera o escayola de la supuesta madre de Jesús (que aunque es solo una puede tener miles de representaciones con cualidades milagrosas diferentes), tales como acabar con una sequía o superar una compleja crisis económica. Quizás para estos propósitos u otros relacionados con las nobles y duras tareas de gobierno hay pueblos de España que se han encargado, con ceremoniales propios al caso, nombrar a sus vírgenes alcaldesas honoríficas. Tan deprimente como ver a ministros del gobierno de España  encomendándose a santas o vírgenes de renombre, no se si porque son verdaderamente ignorantes o porque creen que los ciudadanos somos idiotas.


¿Cómo explicar la importancia del hecho religioso en un entorno de extraordinario desarrollo de las ciencias a partir del siglo XVI? La respuesta, en modo alguno puede ser única dada la complejidad de la realidad religiosa y su imbricación en la mente de las personas y mucho menos universal por los diferentes tipos de sociedades en que se presenta el hecho religioso. 

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